LA ESPADA Y EL MANTO DE IRIS
Por considerarlo de interés de nuestros lectores publicamos artículo de nuestro colaborador, periodista y abogado Fabián Acosta
Por Fabián Acosta
Nunca antes una espada desenvainada había sido empuñada por tantas manos a la vez; manos irredentas, manos indóciles y rebeldes que velaron por cien años el sueño de su portador eterno, El Libertador, y que ahora lo escoltan y acompañan irreductibles y combativas en su nuevo comienzo; más indómito que ayer, a recorrer los pueblos preteridos que gimen bajo la bota imperial del Norte, para deshacer ese funesto sortilegio de la Providencia, que el mismo Bolívar vaticinó a modo de advertencia temprana cuando dijo:
“Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia, a plagar la América de miserias en nombre de la Libertad”
Y fue ante este reluciente estandarte contra la opresión y la tiranía, que el presumido monarca del decadente Reino de España, reprimiendo a duras penas su odio e impotencia ante los inmodificables hechos de la Historia que protagonizó nuestro Libertador para humillación de la corona que él ostenta, en un acto de soberbia y arrogancia, amparado en la supuesta superioridad que le otorgaría su estirpe real, se atrevió a desairar al anfitrión Presidente de la nación colombiana, en el mismo suelo que nutrió el sueño de la Patria Grande de Bolívar.
Es el mismo orgulloso monarca, desdeñoso y fatuo, de igual linaje (o más bien pelaje) que sus antepasados Carlos IV y Fernando VII; los que abdicaron de su corona en favor del invasor Napoleón Bonaparte en los bochornosos sucesos de Bayona; de donde se derivaría luego que éste último Borbón, como el más servil de los vasallos, se dedicara en el castillo de su cautiverio en Francia, a bordarle con sus propias manos, un hermoso abrigo para que su admirado conquistador lo luciera en la mejor ocasión.
Así son todos estos personajes, en el pasado valientes para patrocinar invasiones, masacres y genocidios de pueblos y naciones originarias; exterminar sus culturas ancestrales y saquear sus riquezas materiales que ahora exhiben impúdicamente como símbolo de su superioridad capitalista, ¡pero cuidado si se les recuerda el origen sangriento de donde proviene esa fortuna, se irritan hasta la exacerbación! Y de allí el reconcomio del Felipillo ante la espada de Bolívar, por ser la antítesis moral de todo lo que él y su anacrónica y obsoleta monarquía representan.
Pero aun cuando los tiempos han cambiado, la catadura moral de estos sujetos en el presente sigue siendo la misma; sólo que ahora canalizan sus instintos criminales asesinando elefantes o cualquier animal de cacería que eleve sus envidiables “méritos” al mostrar sus trofeos a sus congéneres de la nobleza, cortesanos y súbditos de esa rémora medieval que es la monarquía española. Son las mismas sanguijuelas que aduciendo un derecho divino, siguen chupando del erario público perteneciente a todos los españoles; y cuando son sorprendidos en alguna de las tantas triquiñuelas que acostumbran, salen corriendo a refugiarse en algún país amigo donde no los alcance la justicia.
Siguen siendo los mismos cobardes de Bayona, y los conniventes que cohabitaron con el dictador fascista Francisco Franco (¡y pretenden darnos lecciones de democracia!); un verdadero monstruo que durante casi cuarenta años liquidó a sangre y fuego generaciones enteras de trabajadores y trabajadoras, hombres y mujeres del pueblo, sencillos y laboriosos; intelectuales y jóvenes escritores y poetas, parteros de hermosos sueños plasmados en admirables e imperecederas obras, y de cuyos sacrificados y martirizados cuerpos más que sangre brotaba una frase repetida por millones en su patria y en el mundo: ¡República y libertad para España!
Puede entenderse entonces la hierática postura de su ilustrísima en su sillón, mientras desfilaba la victoriosa espada libertaria, la que también acompañó a Bolívar cuando, envuelto en su manto de Iris, se elevó por sobre los hombros de los Andes y vivió su memorable Delirio sobre el Chimborazo, donde avizoró el porvenir de libertad para la América mestiza, bajo la guía del Dios del Tiempo en la apariencia de un venerable anciano, que lo exhortó a decir la verdad de lo que había visto a los hombres.
Bueno, en realidad es a esa verdad que Bolívar tanto predicó y reafirmó con el filo de su espada, a la que el Felipillo no quiso o tal vez no pudo reverenciar con el gesto de ponerse de pie; no olvidemos que la acción de prosternarse magulla mucho las rodillas y entumece las piernas, y el pobrecillo tiene ya tanto tiempo arrodillado ante su amo del Norte, que no puede ver un sillón porque enseguida se lanza y después le cuesta demasiado levantarse… ¡Por cierto, eso de postrarse como que se lleva en la sangre, sobre todo si es azul borbónico!

