SCHOMBURGK: EL PIRATA QUE SEMBRÓ LA DISCORDIA POR EL ESEQUIBO

22/noviembre 2023

Por considerarlo de interés para los lectores de la Revista Diplomática publicamos un artículo de nuestro colaborador, periodista y analista político Alberto Aranguibel.

Por: Alberto Aranguibel B.

Una particular dificultad para la narrativa antiimperialista de los pueblos a través de la historia, ha sido siempre la disparidad entre los periodos con los que se miden los imperios en relación a los que usan como referentes los estados nación que conocemos en el modelo democrático contemporáneo.

Para los imperios, la evolución es un proceso infinito que puede llegar a proyectarse más allá de los siglos, mientras que para las sociedades democráticas la expectativa del crecimiento o de la transformación del Estado se reduce a los cortos periodos de gobierno que establezcan sus textos constitucionales.

Cuando un imperio se propone una acción o una política de Estado que de alguna manera impacte sobre su proceso de consolidación, lo usual es que los cálculos de sus operadores políticos hayan sido trazados bajo la perspectiva del más largo plazo, en la que al operador no le importa en lo más mínimo si le alcanzará la vida para ver los efectos de dichas acciones, sino el cumplimiento de su rol como pieza clave de una historia que puede demorar siglos en concretarse.

En cambio en los Estados modernos, regidos, por lo general, por la lógica de la libertad y la democracia, las expectativas del desarrollo se establecen a partir de una absurda noción de inmediatez la mayoría de las veces inviable. En estos países, donde los periodos de gobierno se establecen en promedio para entre cinco, seis y hasta ocho años de duración, la elite gobernante esta obligada a producir cambios y efectuar transformaciones de fondo en cosa de pocos meses y así se los reclaman los pueblos.

Pero, bajo la lógica imperialista, la historia estuvo siempre llena de personajes que estuvieron conscientes de que el verdadero y definitivo rédito de su paso por la vida no sería otra cosa que la eventual notoriedad que les deparara la historia y que la concreción de su obra no sería perceptible por la humanidad ni en el corto ni el mediano plazo, sino mucho más allá.

El diferendo que Venezuela discute hoy con Guyana, originado desde hace casi dos siglos, ha tenido a través del tiempo actores que trabajaron no para concretar una obra que diera resultados en lo inmediato, sino para sembrar un conflicto que tendería a perpetuarse mediante la discordia y la guerra con la que generaciones posteriores pudieran obtener algún beneficio.

El más prominente sin lugar a dudas fue aquel naturalista de apellido impronunciable, Robert Schomburgk, verdadero pirata de tierra firme contratado por el imperio británico para trazar de manera antojadiza los límites en la región selvática más agreste del Continente por aquel entonces, sin el menor criterio topográfico, instrumentación o experticia, ni mucho menos el soporte cartográfico que orientara correctamente y revistiera de algún atisbo de confiabilidad su insulso trazado. Todo un dechado de piratería.

Avieso recurso cuya falseada delimitación jamás podrá ser atribuida única y exclusivamente a falla humana, carencia alguna de noción en la materia,  o falta de equipamiento, documentación y elementos de juicio valederos, porque siempre ha estado claro que no se trató nunca de ninguna otra cosa que de un despojo orquestado por Gran Bretaña por la relativa condición de precariedad en la que se encontraba la naciente República de Venezuela para enfrentar una confrontación como la que podría haberse desatado en ese momento como respuesta a la expresa violación en curso de su soberanía.

Gracias a la arbitrariedad de ese nefasto personaje, llevada a cabo en fiel cumplimiento del mandato de la corona británica, es por lo que puede resurgir hoy la voracidad imperialista con la misma pérfida intención de aprovechar una aparente fragilidad de nuestro país, dada la compleja coyuntura de dificultades generadas en los últimos años por la derecha nacional e internacional en connivencia con los poderes fácticos de los mismos bucaneros que desde siempre han pretendido desmembrar a Venezuela para arrebatarle sus riquezas y sus potencialidades como nación independiente y soberana, porque fue con base en el falso mapa trazado por él que EEUU, Gran Bretaña y la Rusia zarista de entonces, lograron perpetrar en 1898 el gigantesco fraude del Laudo Arbitral de París con el cual han pretendido legitimar el despojo de la Guayana Esequiba a Venezuela.

La naturaleza compleja del diferendo, o mas bien de las eventuales opciones para solucionarlo, revelan que el subterfugio de los filibusteros del imperio británico ha sido desde entonces tratar de fatigar la capacidad de respuesta venezolana a medida que transcurriera el tiempo y se consolidara la nueva realidad jurídica globalista que tiende a favorecer cada vez más la vía de los tribunales internacionales en la solución de diferendos por reclamaciones territoriales, que en este caso aparece sometida de nuevo a las mismas presiones de los poderosos en función de sus propios y intereses (y de las transnacionales que ellos protegen), por la particular circunstancia de estar involucrada en la controversia una excolonia que, aún siendo supuestamente independizada, continúa siendo altamente apetecible para los grandes consorcios en virtud de los incontables recursos que han sido descubiertos en ella recientemente.

Inglaterra ha procurado siempre imponer en ese ámbito del derecho internacional proimperialista una fórmula jurídica que busca dejar de lado el carácter ilícito de la arbitraria acción demarcadora de Schomburck, para colocar como centro de la disputa la validez o nulidad del Laudo de París, porque de esa forma el juicio no sería ya contra el acto violatorio del principio “Uti possidetis iuri” sobre el cual Venezuela basa su reclamación, sino que se trataría de un proceso en el que una nación estaría en la práctica acusando de ilegítima directamente a la estructura toda del derecho internacional, así como a los principios jurídicos y mecanismos legales sobre los cuales esas estructuras se asientan, mientras que Guyana, haciendo exactamente lo contrario, es decir; brindándole todo su respeto y respaldo a la Corte Penal Internacional y acatando sus dictámenes a pie juntillas, obtendrá por mampuesto y de manera automática la benevolencia de la corte.

De ahí que la estrategia venezolana sea procurar a toda costa reivindicar la validez y vigencia del Acuerdo de Ginebra de 1966, como mecanismo de solución, firmado por las partes involucradas y no por terceros como la CPI, en el que prevalezca ya no la confrontación jurídica contra el írrito dictamen de aquella fraudulenta instancia internacional contra la que Venezuela tendría que enfrentarse en la más completa desventaja, sino la vía amistosa y pacífica consagrada en el Acuerdo.

En el Esequibo no hubo nunca una muralla, que no fuera el poderoso caudal de su torrente, que hubiera podido aplacar la voracidad terrófaga de aquel cartógrafo pirata. Quizás esa particular barrera natural, que en sí misma tenía que haber sido respetada por Inglaterra como lindero obvio e indiscutible, tal como lo fue siglos antes para el asentamiento de la colonia española en nuestro suelo, fue la que le hizo pensar muy errónea pero muy convenientemente a la corona inglesa que todas aquellas tierras estaban a su más entera disposición.

Los tiempos han cambiado y por mucho que ese viejo imperio siga pensando en los mismos términos de antaño, la realidad venezolana es completamente distinta a la de aquel país precario que se encontró en el pasado.

La muralla que hoy demarca imponente la soberanía de nuestro país sobre el territorio Esequibo es el imbatible pueblo venezolano que una vez más se pone de pie frente a la ignominiosa pretensión extranjera de arrebatarle lo que ha sido siempre suyo, como acaba de demostrarse con la descomunal movilización popular para cumplir con el simulacro del Referéndum Consultivo. Contra esa inmensa fortificación de amor y de entrega por la Patria es contra lo que hoy le toca lidiar a ese viejo y destartalado imperialismo que a duras penas sobrevive hoy a sus propias e inmorales miserias.

Ese Referéndum Consultivo del 3 de diciembre será una masiva y contundente ratificación de esa legendaria e irreductible vocación patriótica del pueblo venezolano.

@SoyAranguibel