EN ESTADOS UNIDOS: SE DESINFLA EL SUEÑO AMERICANO

17/abril 2025

Algo se ha roto en el corazón del ‘sueño americano’. La imagen de Estados Unidos como tierra de oportunidades, centro de innovación y promesa de movilidad social se resquebraja frente a los datos de precariedad, endeudamiento, desprotección sanitaria, drogadicción y salarios estancados.

Lejos de una coyuntura pasajera o del error de una administración en particular, lo que se pone de manifiesto es una crisis estructural: la lenta pero persistente pérdida de hegemonía global de Estados Unidos.

En este escenario, la clase trabajadora aparece como el chivo expiatorio para discursos reaccionarios, mientras carga sobre sus hombros las consecuencias de un sistema que la necesita fragmentada, desorientada y sumisa. El trumpismo, las guerras culturales y la manipulación mediática son mecanismos que ayudan a mantener el control en un país que ya no puede dominar el mundo como antes, pero que tampoco encuentra otra forma de reestructurarse.

Los trabajadores precarizados y los migrantes aparecen como amenazas culturales para los sectores blancos empobrecidos, cuando en realidad comparten con ellos la misma condena económica. Una narrativa diseñada para anular toda conciencia de clase y reforzar el individualismo identitario, mientras las élites económicas prosiguen acumulando.

Hoy, en el mundo del trabajo estadounidense, coexisten jóvenes con contratos basura, trabajadores migrantes sin papeles, madres solteras afroamericanas, obreros blancos desempleados, conductores de plataformas digitales. Y rara vez se perciben como parte de un mismo sujeto social.

Esta segmentación no se ha cultivado solo a través del discurso, sino por décadas de políticas públicas y estructuras laborales diseñadas para aislar, competir y enfrentar; e incluso a través de planes urbanísticos que han favorecido la creación de guetos. El racismo estructural, la represión migratoria, la brecha salarial de género y la narrativa del ‘éxito individual’ son herramientas precisas para debilitar cualquier identidad colectiva. Así, mientras la precariedad se expande como realidad común, la percepción de enemigos internos, el migrante que ‘roba’ el trabajo, la mujer que acapara ayudas, el joven que no quiere esforzarse impide tejer alianzas.