# 51: EL PODER DE UNA ETIQUETA

25/mayo 2026

Por considerarlo de interés para los lectores de la Revista Diplomática publicamos un artículo de nuestro colaborador, analista político e Internacionalista Leopoldo Puchi.

Por Leopoldo Puchi

En la novela La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, un cadete al ingresar al Colegio Militar es rebautizado como “el Esclavo” tras un episodio violento de humillación. Desde entonces, es tratado como alguien débil y sumiso. Bajo esa identidad impuesta empieza a ser degradado hasta que comienza a verse a sí mismo de esa manera.

Vargas Llosa muestra cómo un nombre repetido puede convertirse en un instrumento de sometimiento. Asimismo, en la política internacional también existen palabras y etiquetas destinadas a moldear relaciones de poder.

EL ESTADO 51

Cuando Donald Trump se refiere a Venezuela como el “estado 51” de Estados Unidos, la expresión no funciona como un plan institucional ni como una propuesta jurídica concreta. La etiqueta busca instalar la idea de una subordinación que puede expresarse en distintas variantes de tutela. Del mismo modo que el apodo cambia la forma en que el grupo trata al personaje en la novela, aquí aparece una etiqueta destinada a modificar el estatus político de un país sin alterar su condición formal.

LA HUMILLACIÓN

En ambos casos, el proceso comienza con un acto de violencia. En la novela, la golpiza al cadete ocurre antes del apodo. En el caso de Venezuela, la etiqueta del “estado 51” aparece tras el ataque armado y los bombardeos del 3 de enero. En ambas situaciones, la humillación pública precede al intento de sometimiento psicológico.

LA ADAPTACIÓN

Sin embargo, lo decisivo ocurre cuando la presión externa comienza a convertirse en una estructura interna de comportamiento. Primero, el personaje de “el Esclavo” se vuelve más silencioso y deja de protestar para evitar el conflicto o posibles represalias. Luego, su cuerpo también se adapta: se encorva para no desafiar y modera sus gestos. Más tarde, reduce sus iniciativas y disminuye sus expectativas. El apodo deja de ser una agresión externa y se convierte en identidad interior, ajustada a la imagen que otros construyeron de él.

EL MECANISMO

La fuerza de una etiqueta no está en que describa una realidad, sino en que logre convertirse en un marco mental. Es el mecanismo de toda profecía autocumplida: primero se impone una definición desde fuera y después se espera que el propio sujeto actúe dentro de ella.

En política sucede algo parecido. La dominación se consolida cuando las imposiciones externas dejan de ser percibidas como imposiciones y pasan a presentarse como “pragmatismo” o “estabilización”. Este proceso conduce a la abdicación simbólica y política, no solo por parte de un gobierno o del Estado, sino de distintos sectores de la sociedad.

TRADUCCIÓN POLÍTICA

Medidas que en otro contexto podrían haber sido cuestionadas como lesivas a la soberanía comienzan a justificarse en términos de estabilidad o necesidad técnica. Un ejemplo ilustrativo de esto se observa cuando decisiones económicas o financieras, como el manejo por Estados Unidos de los ingresos petroleros, auditorías o mecanismos de aprobación presupuestaria dejan de describirse como formas de tutela externa y pasan a verse como requisitos para la estabilidad.

LA PRÁCTICA DIARIA

Ocurre lo mismo con otras decisiones. La presencia de funcionarios estadounidenses en procesos de asignación de minas, hidrocarburos o seguridad deja de verse como una anomalía y empieza a incorporarse al paisaje político cotidiano. Lo mismo ocurre cuando el propio Comando Sur informa oficialmente que realiza un ejercicio de respuesta militar y este es presentado como una operación de apoyo sanitario o asistencia civil.

EL LENGUAJE DEL PODER

Incluso el lenguaje acompaña la reconfiguración política: el “plan de tres fases” anunciado por Washington se incorpora a la política interna como si fuese un cronograma político legítimo y no el diseño de una potencia extranjera sobre otro Estado.

DESTINO

Todo dominio necesita algo más que fuerza militar o presión económica. Necesita que el subordinado participe en la administración de su propia subordinación. La soberanía se erosiona en decisiones presentadas como inevitables o técnicas. Y es allí donde la etiqueta “estado 51” se convierte en un riesgo político para el país.

El paralelismo con “el Esclavo” es claro: su destino fue fatal porque no hubo ruptura ni rebelión frente a la identidad impuesta. De manera similar, el destino de Venezuela dependerá de que exista resistencia sostenida y conciencia activa frente a ese mecanismo de dominación.

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