VENEZUELA: LA SEVICIA

02/noviembre 2026

Por considerarlo de interés para los lectores de la Revista Diplomática publicamos un artículo de nuestro colaborador, analista político e Internacionalista Leopoldo Puchi.

Por Leopoldo Puchi

En un reciente artículo, Juan Gabriel Tokatlian analiza la irrupción de la “diplomacia gansteril” en América Latina, definida como una política exterior basada en la intimidación y el uso de la fuerza, combinada con prácticas de criminocracia y plutocracia. Según el autor, esta modalidad va más allá de la histórica “diplomacia de las cañoneras”, pues incorpora la corrupción sistémica y el reparto de negocios entre actores próximos al poder. A partir de este marco teórico, el caso venezolano resulta emblemático para observar cómo se articulan estas dimensiones en la práctica.

LA FUERZA

La intervención militar estadounidense del 3 de enero, los ataques contra embarcaciones en el Caribe y las operaciones en territorio venezolano, incluido el estado Bolívar, evidencian el uso de la fuerza como instrumento de presión. En la lógica de “el padrino” descrita por Tokatlian, se trata de castigar para intimidar e imponer obediencia.

EL REPARTO

El petróleo ocupa un lugar central en la nueva relación entre Estados Unidos y Venezuela. El acuerdo petrolero binacional otorga a Washington el control sobre 65.000 millones de barriles de reservas, mientras que la obtención de contratos sin licitación demuestra cómo la presión militar se traduce en ventajas económicas. Donald Trump resumió esta lógica al afirmar que “al vencedor le corresponde el botín”.

LOS NEGOCIOS

La diplomacia gansteril se distingue de otras formas de diplomacia de fuerza porque convierte la presión político-militar en un mecanismo para distribuir negocios y ventajas económicas. En el caso de la deuda, Centerview Partners recibió un contrato millonario sin licitación, tras la recomendación de Mauricio Claver-Carone, mientras Jessica Bedoya, socia de la firma, viajaba a Caracas en busca de oportunidades financieras. Las disputas internas entre operadores vinculados al entorno de Trump, reseñadas por la prensa, han dejado al descubierto la feroz competencia por el acceso a los activos venezolanos.

LA TUTELA

Los ingresos provenientes del petróleo se depositan en cuentas bajo administración del Departamento del Tesoro estadounidense y el gobierno venezolano debe pedir autorización escrita a Washington para disponer de ellos. El control financiero se convierte así en un mecanismo de dirección política, propio de una relación de tutela. La presión se extiende a las relaciones internacionales, con exigencias para restringir los vínculos con China, Rusia, Irán y Cuba, sumadas a actuaciones policiales estadounidenses en territorio venezolano.

LA HUMILLACIÓN

La humillación forma parte estructural de esta relación. Trump ha hablado de Venezuela como un país que podría convertirse en el “estado número 51” de Estados Unidos y dijo que el petróleo venezolano paga los costos del ataque militar estadounidense. Estas expresiones no son simples provocaciones verbales. Más bien muestran una relación en la que la dignidad del vencido es sometida a un vejamen sistemático.

LA SEVICIA

La sevicia se manifiesta en el daño material y humano causado por las operaciones militares y en la amenaza permanente de nuevas acciones. Pero también se expresa en el trato denigrante.

Esta degradación de la integridad del país adquiere una dimensión particular cuando el mismo Departamento de Defensa que ejecutó la intervención del 3 de enero se involucra directamente en la producción petrolera venezolana, en asociación con Alejandro Betancourt, empresario cuestionado por su rol en el colapso del sector eléctrico.

El asunto ya no es solo el despojo económico, sino que se obliga al país a aceptar que el ejército que lo atacó haga parte de la extracción de sus recursos naturales. Es como si la voluntad de una nación pudiera ser anulada y su patrimonio adjudicado sin consideración alguna.

EL ALCANCE

La actuación estadounidense en Venezuela permite examinar el alcance del concepto “diplomacia gansteril” descrito por Juan Gabriel Tokatlian. No se trata simplemente de una diplomacia agresiva ni una actualización de la política de las cañoneras. La particularidad reside en utilizar la superioridad militar para, además de controlar los recursos, hacer negocios opacos, someter al país a vejámenes permanentes, exigir deferencia y decidir qué margen de soberanía conserva. Ese es el verdadero alcance de la “diplomacia gansteril”.

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