DE GROENLANDIA A LAS CLARITAS

12/octubre 2026

Por considerarlo de interés para los lectores de la Revista Diplomática publicamos un artículo de nuestro colaborador, analista político e Internacionalista Leopoldo Puchi.

Por Leopoldo Puchi

Groenlandia evoca la imagen de glaciares. Venezuela, la de playas, selvas y montañas. Países diferentes, pero expuestos a una misma lógica de poder. En la isla ártica, Estados Unidos ha ampliado su capacidad de control militar y de seguridad sin modificar la soberanía formal. En Venezuela, la intervención del 3 de enero llegó mucho más lejos: tropas estadounidenses entraron en el país y Donald Trump anunció que Washington asumiría su control. En el Caribe, las operaciones contra embarcaciones señaladas como vinculadas al narcotráfico han abierto otra vía de presencia militar. Tres escenarios, una misma lógica: Washington trata espacios ajenos como extensiones de su dominio y se arroga el derecho a decidir sobre ellos.

LA ANEXIÓN LIGHT

Estados Unidos ha conseguido un acuerdo de seguridad que le otorga poder militar y capacidad de decisión sobre inversiones y relaciones estratégicas en Groenlandia. No hace falta una anexión formal para crear una anexión de hecho.

Cooperar con Estados Unidos en asuntos de interés común es una cosa. Aceptar que esa cooperación termine subordinando las decisiones propias es otra muy distinta.

EL PETRÓLEO

En Venezuela, después de la intervención militar, el petróleo pasó a ocupar un lugar central en la nueva relación con Washington. El acuerdo bilateral suscrito otorga al gobierno estadounidense derechos de posesión sobre reservas probadas venezolanas. Los ingresos de la comercialización de los recursos estratégicos quedan sujetos a la administración de Washington. La dependencia va más allá de lo económico y modifica las potestades del Estado.

EL NARCOTRÁFICO

La lucha contra el narcotráfico ocupa un lugar central en la política hemisférica de Washington. Nadie niega que el problema exista ni que afecte gravemente a la región. Pero una cosa es combatir el crimen organizado mediante la cooperación policial, judicial y de inteligencia, y otra convertirlo en una amenaza militar vinculada a la seguridad nacional de Estados Unidos.

EL LENGUAJE

Cuando el narcotráfico pasa a calificarse de terrorismo, la respuesta adquiere otras características. La lucha contra las drogas, que debería ser una tarea de cooperación entre Estados soberanos, se convierte en una vía para establecer relaciones de seguridad dirigidas desde el exterior. La etiqueta de “narcoterrorismo” sirve así para justificar el control militar de otros países.

EL ESCUDO

Este año, Washington puso en marcha el “Escudo de las Américas”, una coalición de países del hemisferio presentada como un mecanismo de cooperación para combatir el narcotráfico y crimen transnacional. Sobre el papel, se trata de coordinar esfuerzos frente a una amenaza real. En la práctica, la iniciativa reúne a gobiernos ideológicamente afines y extiende el control de Washington sobre la seguridad regional, en una versión actualizada de la lógica del patio trasero.

LAS CLARITAS

La presencia militar estadounidense se ha ampliado en Colombia y ahora se ha extendido hacia Ecuador y Venezuela. En Ecuador, los acuerdos de seguridad han permitido la presencia estadounidense en operaciones dentro de su territorio. En Venezuela, tras la intervención de enero, militares estadounidenses han realizado ejercicios de respuesta rápida en la capital y ejecutaron un bombardeo en Las Claritas, estado Bolívar.

LAS BASES MILITARES

La incorporación de Venezuela al Escudo de las Américas abriría otra vía para institucionalizar esa relación de subordinación militar. Trump, por su parte, ha dejado abierta la posibilidad de establecer una base en el país. De concretarse, podría recurrirse a fórmulas como los “Forward Operating Locations” o los Centros de Seguridad Cooperativa, instalaciones que permiten operar desde aeropuertos existentes en el país.

EL ALINEAMIENTO

Groenlandia y Venezuela son territorios diferentes, separados por miles de kilómetros. Sin embargo, los dos casos permiten observar hasta dónde puede llegar una potencia cuando considera que sus intereses están por encima del derecho de otros pueblos y de la soberanía de otros territorios.

Pero la soberanía no se pierde solo por la intervención de una potencia. También puede ocurrir cuando un gobierno confunde cooperación con sometimiento o decide optar por un alineamiento pragmático con Washington a costa de la capacidad nacional de decisión. Los acuerdos necesitan la firma de las partes. La presión externa puede crear las condiciones, pero la aceptación de esas condiciones también es una decisión política.

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